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Teddy Roosevelt en la Patagonia 1913

Escribe Hans Schulz, para su sección Crónicas. Comparte el relato del viaje de Roosevelt a través del norte de la Patagonia.

I

Roosevelt, el personaje

 

Teddy Roosevelt nació en Nueva York en 1858 y falleció en el mismo estado en 1919. A pesar de haber sido en su infancia y temprana juventud un niño enfermizo que sufría asma se convirtió con los años en un activo explorador y viajero. Fue naturalista, soldado y también escritor, lo que contribuyó a su fama de político. Trabajó años en un rancho en Dakota, participó en la Guerra de Independencia cubana de 1895 y en 1901, siendo vicepresidente del partido Republicano y tras el asesinato del Presidente McKinley, se convirtió con 42 años en el Presidente más joven en la historia de los Estados Unidos. En las elecciones de 1904 fue elegido Presidente nuevamente. En 1912 se vuelve a presentar pero pierde frente al candidato demócrata Woodrow Wilson. En política internacional se lo conoce como el impulsor de la “Política del Garrote” (Big Stick) cuyo lema era “habla suavemente pero lleva siempre un garrote”. Su gobierno señala el inicio del imperialismo estadounidense y su actuación como potencia mundial. El premio Nobel de la Paz le fue otorgado por su actuación en las negociaciones de paz de la Guerra Ruso-Japonesa de 1905. Tras la derrota de las elecciones de 1912 Roosevelt inicia una gran expedición a Sudamérica que lo traerá a nuestra región a fines de 1913. El 5 de noviembre llegaría a Buenos Aires en donde se suceden los homenajes autoridades incluido el Congreso Nacional. El 15 inicia el viaje en tren por el interior del país: Rosario, Córdoba, Tucumán, Mendoza desde donde luego seguiría a Chile por el túnel inaugurado en 1910. El 1ro de diciembre 1913 inicia el Cruce de los Lagos desde Puerto Varas y el 3 de diciembre inicia la aventura que vamos a compartir en sus propias palabras. La expedición continuó luego en Brasil donde se la conoce como “Expedición científica Roosevelt-Rondon”. Finalizó en Manaos el 1º de mayo 1914. 

El fragmento que compartimos a continuación es la última parte del capítulo “A través de los Andes y el Norte de la Patagonia” que integra su obra “Las vacaciones a cielo abierto de un amante de los libros” (A Book-lovers holidays in the open), publicada en 1916 por Charles Scribner s sons y actualmente disponible en inglés en internet. (1) Roosevelt muere en el año 1919 con 68 años de edad. 

En el año 2014 escribimos una breve nota sobre la visita de Roosevelt a la región del Nahuel Huapi en esta misma sección del diario digital B2000 y a comienzos de este año (2016) publicamos la crónica textual de su visita a Bariloche a fines del año 1913.  (2) También en la Revista Todo y junto a Federico Silin publicamos la primera y segunda parte del viaje desde Puerto Varas a Bariloche, no así el último tramo que llevó a ex presidente desde Bariloche a Neuquén. A continuación compartimos este fragmento final en donde describe las peripecias de su viaje en tres automóviles a través de la estepa patagónica del oeste de la provincia de Río Negro. Abundan los detalles de color y los comentarios interesados del ex presidente sobre la vida cotidiana de la población nativa y criolla de la región. Vale la pena compartir esta crónica de época, valiosa fuente primaria testimonial, no exenta de subjetividades. 

El capítulo finaliza con la llegada a la balsa del Río Negro. Cuentan otros protagonistas que su llegada a la estación del tren, embanderada con las enseñas argentinas y norteamericanas, lo esperaba la población con aplausos y banda de música. Luego de un breve discurso subió al vagón blanco presidencial de un tren especial para regresar a Buenos Aires, previa visita a Bahía Blanca y a su puerto militar.  

Acompañamos la nota con algunas copias de fotos que fueron tomadas durante el viaje por el hijo de Roosevelt, Kermitt, y un acompañante norteamericano, Frank Harper. Lamentablemente no hemos podido todavía acceder a las fotografías originales. Para una lectura más amena nos hemos tomado la licencia de titular algunos fragmentos.

II

Crónica de un viaje a través del Norte de la Patagonia

T. Roosevelt  (Textual)

Comienzo del viaje

“Al día siguiente a las cinco de la mañana partimos en nuestro viaje de 400 millas a través de las inmensidades de la Patagonia hacía el ferrocarril en Neuquén. Habíamos atravesado por una región de paisajes que se podían encontrar en otros lugares del mundo, una región similar a las montañas y los lagos suizos o al Parque Nacional Yellowstone, Yosemite o la bahía de Puget. En algunos años los argentinos habrán llevado el ferrocarril a Bariloche, y entonces todos los turistas que vengan a América del Sur deberían planear visitar esta hermosa región. Sin duda, al igual que sucede en otras zonas de increíble belleza del mundo, esto traerá el desarrollo a la región. Gracias al Dr. Moreno, este extremo ya cuenta con un Parque Nacional y confió que pronto lo habrá también del lado chileno.

Dejamos Bariloche en tres autos sabiendo que teníamos ante nosotros varios duros días de viaje. Después de bordear el lago a lo largo de dos millas ingresamos a una región de valles más llana. Tuvimos que cruzar un río correntoso que los coches atravesaron a duras penas. El camino consistía solamente de dos huellas creadas por los grandes carros de transporte y muchas veces viajábamos a un costado del mismo o debíamos dejarlo completamente de lado cuando algún arroyo lo cruzaba. La tercera vez que cruzamos uno de estos arroyos uno de los autos se encajó y fue casi imposible sacarlo. Una vez tuvimos que rellenar la huella con piedras debajo y frente al auto para seguir viaje, algo similar de lo que habíamos hecho en Arizona hace algunos meses cuando un temporal se había llevado un puente.”

Tierra de gauchos

“En otro momento el primer auto se hundió en un hoyo de arena y una partida de gauchos lo enganchó con sus cuerdas para arrástralo nuevamente a tierra firme. Estos gauchos eran personajes de lo más pintoresco. Montaban buenos caballos, fuertes, duros y salvajes y eran consumados jinetes, indiferentes a los bruscos movimientos de las nerviosas bestias que montaban. Portaban un ancho cinto de plata al cual adosaban un largo cuchillo. Algunos tenían sus pantalones insertos en botas y otros vestían pantalones anchos que sujetaban en los tobillos. Las monturas, a diferencia de las nuestras, no tenían cuernos y el lazo lo portaban a un costado atado a una argolla. Los estribos eran de lo más extraños. Eran grandes discos planos de cuero con un final de metal en el cual insertaban el pulgar del pie. Sostenidos sobre este tipo de estribo se sentaban en sus caballos con total indiferencia. 

Era tierra de gauchos sobre la cual estábamos viajando. Cada hombre nacido aquí vino al mundo sobre una montura. Vi chicos muy jóvenes cabalgando y realizando actividades de hombres grandes,  guiando arreos o llevando caballos de tiro. Tan característico como estos jinetes eran las largas columnas de carros de dos grandes ruedas tirados por cinco mulas o a veces por cuatro o cinco bueyes. La mayoría de las veces estos carros llevaban lana o cueros. Ocasionalmente llegábamos a grandes pastizales rodeados de alambrados. Lo demás era tierra desolada y rocosa como había sido desde tiempos inmemoriales. Vimos muchos rebaños de ovejas y tropillas de caballos entre las cuales había una cantidad inusual de tobianos. Había también muchas vacas y en dos o tres ocasiones vimos majadas de cabras. Era una tierra salvaje y ruda y la vida en una tierra así  es dura para el hombre y las bestias. A  lo largo de todo el camino yacían los esqueletos y restos de vacas y caballos muertos. Sin embargo no vimos aves carroñeras ni cuervos ni pequeños buitres. Si vimos a lo lejos y muy alto un cóndor. La vida salvaje no era abundante a pesar de que vimos avestruces  - la Rhea sudamericana – y ocasionalmente algunos guanacos o llamas salvajes. Los zorros abundaban porque en los escuálidos pequeños boliches colgaban cientos de sus pieles junto a las de zorrinos.”

 

Haciendas, escuelas y almacenes

 

“De vez en cuando pasábamos por casas de haciendas. A veces dos o tres estaban relativamente juntas y otras veces viajábamos veinte millas sin ningún signo de presencia humana. Pasamos por un grupo de viviendas y un colegio y nos detuvimos para saludar al maestro. Algunas de las viviendas estaban bien construidas y rodeadas de una hermosa arboleda, los únicos árboles que vimos en todo el viaje. Otras casas eran chozas construidas con barro  con arbustos a su alrededor. En estas últimas viviendas el suelo que las rodeaba estaba sucio y cubierto de restos de huesos, cráneos de ovejas y vacas y pedazos de cuero y pieles, desagradable espectáculo para todos los sentidos.  

También de vez en cuando nos cruzábamos con un solitario y pequeño almacén. Si era muy pobre y escuálido se llamaba pulpería, si era más grande almacén. En su interior el piso era de tierra al que rodeaba un mostrador. En un extremo de éste estaba el bar en donde se vendían los tragos. En el resto se compraba y se vendía mercadería. Sombreros, mantas, ropa, elementos de talabartería y diversos materiales vinculados al campo se apilaban en las repisas o colgaban del techo. Algunas veces vi gauchos tomando en el bar – hombres recios de aspecto salvaje - , algunos de ellos más de tres cuarto indios, otros, rubios, criaturas de sangre nórdica obviamente. A pesar de que los gauchos son peligrosos cuando se enojan, son generalmente educados y nosotros no tuvimos problemas con ellos. Compran o regatean por cueros, pieles de zorro y otros objetos.” 

“Indios” y “Cristianos”

“El orden lo mantiene la policía montada del territorio, un cuerpo ejemplar muy parecido a la Policía Montada Canadiense o los cuerpos de Pensilvania. Estos hombres están siempre alertas con sus buenos caballos, armas bien mantenidas y elegantes uniformes. La mayoría de ellos era de sangre india. Pienso que la sangre india es un componente distintivo para la raza cuando la ancestral tribu indígena es del tipo correcto. El vicepresidente de Argentina durante mi visita, un hombre muy capaz, rico, bien educado,  verdadero estadista y hombre de mundo, tenía un importante componente de sangre india. (Se refiere a Victorino de la Plaza, N. del T.)

La gente que encontramos en el camino usaban “indio” y “cristiano” como términos opuestos, teniendo esto un significado cultural más que teológico o racial. Esto es una costumbre extendida en las regiones de frontera de Sudamérica. En un lugar que paramos cuatro indios nos vinieron a ver. El jefe se veía como un verdadero indio. Podrían haber sido Sioux o Comanche. Aparentemente uno de sus compañerosera un mestizo. El tercero tenía una barba y no parecía ni indio ni blanco. El cuarto era considerablemente más blanco que indio. Tenía una larga barba y estaba vestido como los demás con haraposa ropa de blancos. Parecía más bien pertenecer a la clase pobre de los Boers que a la de un indio. Vi que le hablaba a dos de los policías montados. Eran inteligentes, hombres bien dispuestos e identificados con el resto de la población. Se consideraban a sí mismos y eran considerados por otros como pertenecientes al mismo nivel que los demás ciudadanos. Sin embargo eran más indígenas en sangre que aquellos a los cuales hablaban pero eran considerados “cristianos”. El término “indio” se lo reservaba para aquellos indígenas que eran todavía paganos y tenían aún vínculos tribales. A cualquier indígena que adopta el cristianismo en su forma elemental y va a vivir con los blancos se lo trata como a uno de ellos. Los indígenas ahora tienen propiedades y son bien tratados. Sin embargo el stock más puro está muriendo y los que han sobrevivido son absorbidos por el resto de la población.”

Paisajes peculiares y una aventura nocturna

“Los accidentes que nos ocurrieron a lo largo de la mañana nos retrasaron y no comimos desayuno – o almuerzo, como lo llamamos en casa -  hasta las tres de la tarde. A esa hora paramos cerca de un grupo de casas con un almacén y una estación telegráfica del gobierno. El almacén era un edificio largo de paredes blancas y de un piso con los dormitorios en la parte trasera y todo tipo de habitaciones alrededor del mismo. En corrales cercanos unas mil ovejas estaban siendo esquiladas. El desayuno había sido postergado largamente y estábamos con hambre. Pero fue una fiesta cuando finalmente llegó ya que dos corderos fueron asados enteros frente a un fuego al aire libre y ofrecido a nosotros. El cocinero era evidentemente de pura sangre india. 

Y proseguimos el viaje con los autos sin tener más accidentes con ellos excepto cuando cruzamos un nuevo de banco de arena. El paisaje era seco y estéril. Sin embargo esta inconcebible desolación no refleja totalmente la realidad ya que en las llanuras y los valles se podía obtener el agua a sólo unos metros de la superficie y cuando esto sucede se puede cultivar lo que se desee. Pero provisto de esta forma artificial, el agua es demasiada escasa como para cultivar lujos. Aquí y allá había franjas de buen pasto pero en términos generales el territorio estaba cubierto con arbustos secos de uno o dos pies de altura que se levantaban sobre tierra áspera y arena. 

Las colinas rocosas y desnudas, algunas veces con una cumbre plana, los rebaños de vacas y ovejas, las tropillas de caballos, los jinetes salvajes que encontramos, las pequeñas y escuálidas casas de campo todo combinado le da al paisaje un todo muy peculiar. 

A medida que avanzaba la tarde, la luz del sol se volvía más apacible. Las mesetas asumían diferentes colores mientras el sol caís. Entonces llegó la oscuridad y la joven luna asomó hacía el oeste y sobre el filo del horizonte se presentó la Cruz del Sur. Las nubes anticiparon una tormenta y seguimos avanzando en la oscuridad mientras los conductores con los volantes aferrados a sus manos nerviosamente adivinaban la huella pálidamente iluminada por los faroles. Las luces de los relámpagos y el retumbar de los truenos se acercaban cada vez más. Evidentemente nos esperaba una tormenta la que nos hubiese detenido por un largo rato y buscamos el refugio de alguna casa. A las 10.15 vimos un edificio blanco a un costado de la ruta. Era uno de los almacenes de los cuales ya hablé. Con algún esfuerzo despertamos a sus habitantes y después de resguardar los autos ingresamos a las casas. Era buena gente. Nos dieron huevos y café y como teníamos un poco de jamón nos fue bien. Entonces nos acostamos sobre el piso y sobre el mostrador y dormimos por cuatro horas.” 

La balsa del Río Negro

“A las tres desperté a los que dormían con un grito que en los días lejanos que pasé en las praderas ganaderas del oeste me había despertado a mis tantas veces del sueño pesado de los hombres de los rodeos. Era la noche corta de noviembre en las latitudes del sur del continente. El alba llegaba temprano. Partimos en el momento en que la tenue luz nos permitió ver el camino. Las estrellas empalidecieron y se esfumaron. El amanecer fue glorioso. Salimos de entre las Colinas y nos internamos en una vasta y desolada planicie. 

Hora tras hora, todo el día, viajamos velozmente sobre ella. Entre las nubes el sol se puso con un rojo  y rabioso esplendor. Cuando llegamos  al Río Negro la luz estaba muriendo en el cielo y otra pesada tormenta se acercaba a nosotros.  Los cuidadores de la balsa temían cruzar el rio con la tormenta acercándose en la negra noche, pero los convencimos y llegamos a la otra orilla justo en el instante en que la lluvia nos mojaba el rostro.”  

(Traducción del inglés: Hans Schulz)

Links:

1. http://www.bartleby.com/57/6.html

2. http://bariloche2000.com/noticias/leer/el-primer-presidente-estadounidense-que-visito-bariloche/97417

Galería de fotos

Créditos / Fotografías de: Hans Schulz

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