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Letras de la historia

A un mes de anunciarse el premio Nobel de literatura al músico Bob Dylan y a horas del fallecimiento de Leonard Cohen, el columnista Hans Schulz siente el impulso de escribir unas líneas sobre la palabra vinculada con los sonidos que atraviesan y marcan décadas.

Letras de la historia

Por Hans Schulz para Crónicas de B2000

 

En el año 2015 el premio Nobel de literatura le fue otorgado a la bielorrusa Svetlana Alexiévitch, Un escueto comunicado del Comité decía que lo había recibido por “su escritura polifónica, un monumento al sufrimiento y al coraje en nuestros tiempos”. En el año 2016 lo recibió el cantautor norteamericano Bob Dylan y el comunicado rezaba: “por haber creado expresiones poéticas novedosas en el interior de la gran tradición de la canción estadounidense”. A ambos los atraviesa la historia y de eso hablaremos.

 

El alma de los sucesos

Vivimos, leemos, recordamos, registramos. Al hacerlo desplegamos nuestra subjetividad para compartirla con el otro. Al respecto escribe Alexiévich: “Una vez más… Me interesa no solamente la realidad que nos rodea, sino también la que está en nuestro interior. Lo que más me interesa no es el suceso en sí, sino el suceso de los sentimientos. Digamos el alma de los sucesos. Para mí los sentimientos son la realidad.”  

Y es así como los testimonios de las mujeres bielorrusas entrevistadas por la autora y publicadas en un libro que lleva el título de “La guerra no tiene rostro de mujer”, otorgan un nuevo sentido a la II Guerra Mundial. No sólo nos proporcionan una perspectiva “rusa” de esas acciones tan violentas que seducen a tantos hombres, sino también una perspectiva “de género”.  La intrusión en esta interioridad emocional se traduce en relatos íntimos de aquello que yace agazapado en el entramado de la historia.  

¿Y la historia?, se pregunta Svetlana. “Está allí, afuera. Entre la multitud. Creo que en cada uno de nosotros hay un pedacito de historia. Uno posee media página, otro, dos o tres. Juntos escribimos el libro del tiempo. Cada uno cuenta a gritos su propia verdad. La pesadilla de los matices. Es preciso oírlo todo y diluirse en todo, transformarse en todo eso. Y al mismo tiempo no perderse. Fundir el habla de la calle y de la literatura. La dificultad adicional es que hablemos del pasado con el lenguaje del hoy ¿Cómo se podrán transmitir los sentimientos de entonces?”

Svetlana eligió la entrevista y en muchos casos cita a las mujeres con nombre y apellido, en otras, por respeto a la cruda exposición de tantas crueldades, omite esta formalidad. Sin embargo nadie puede dudar de la veracidad del testimonio. Entre las repúblicas soviéticas que combatieron a los Nazis Bielorrusia perdió más de dos millones de sus habitantes, el 25% de su población. Dos tercios de ese porcentaje fueron civiles.

Los escritos de Svetlana no sólo recorren los acontecimientos de la II Guerra en sí, sino también las atrocidades con la población judía, el terror de Stalin y el silencio posterior. Es la historia de las mujeres negadas, heroínas en el combate y luego silenciadas. Como si nunca hubiesen peleado. 

“Tenemos dos guerras”, dice uno de los entrevistados, “cuando empezamos a recordar, yo me doy cuenta enseguida: ella recuerda su guerra, yo la mía. (…) A mis nietos suelo contarles su guerra, la de ella, no la mía. Me he dado cuenta que les parece más interesante, yo tengo más conocimientos bélicos concretos, ella tiene más sentimientos. Los sentimientos son más vivos, más fuertes que los hechos.”

En esta particular mirada de la autora radica la riqueza de estas revelaciones. 

 

La magnificación de la vida

Dylan es distinto, es un hijo de los 60. Músico, compositor y letrista hace oír su propia palabra con la veracidad del protagonista de su época. “Yo no estuve allí” dijo alguna vez de Woodstock, pero es como si hubiese estado. “Los acontecimientos del momento, toda aquella mascarada cultural, me estaba aprisionando el alma: me daban náuseas: líderes políticos y de los derechos civiles acribillados a balazos, levantamientos de barricadas, represión gubernamental, estudiantes y manifestantes radicales contra policías y sindicatos. Las calles en llamas, un hervidero de ira y fuego. Las comunas contestatarias, las mentiras estridentes; el amor libre, el movimientos por un sistema sin dineros, todo el tinglado. Yo estaba decidido a quedarme al margen. Ahora era padre de familia y no quería figurar en esa foto.” 

A pesar de todas esas contradicciones con la fama y el dinero, la sombra de sus canciones nos cubre desde entonces, incluso a aquellos que no las escucharon. Sus visiones otorgaron un cierto sentido a toda esa compleja madeja de sucesos que se fue desenvolviendo frente a nuestros ojos en décadas signadas por la hegemonía norteamericana. Las letras de sus canciones y su voz traducían el espíritu de la época, por lo menos para algunos. 

Cuando se publicó “Tarantula” en 1966, su primer libro, nos dedicamos a descifrar sus palabras: fragmentarias, extrañas, calidoscópicas. Como dijeron los críticos en aquel momento, se trataba de una colección experimental de prosa poética, un monólogo interior moderno, lo que en inglés se llama una narración del “fluir de la conciencia”.

Cuando leí que le habían otorgado el premio Nobel volví a hojear Crónicas Vol. 1, un fragmento autobiográfico publicado en el año 2004. Los cinco capítulos que lo componen son imprescindibles para comprender el derrotero del protagonista. Su memoria es proverbial y recordar junto a él los pequeños detalles cotidianos de todos esos mundos olvidados es un ejercicio interesante para  aquellos que han vivido en su tiempo. 

También lo son su anecdotario y sus ironías políticas: “MacLeish me habló de J. P. Morgan, el financista, uno de los seis amos del país a principios del siglo XX. Morgan había dicho: “Estados Unidos es un país lo bastante bueno para mí”, y un senador comentó que si cambiaba de parecer que lo devolviera.”

De Joan Báez escribe que “era lo más alejado posible de una muñequita de trapo. (…) Una voz que ahuyentaba los malos espíritus”.  De Woody Guthrie relata que al escucharlo por primera vez le dio ganas de gritar, “como si la tierra se abriera a mis pies, como si hubiera estado a oscuras y alguien hubiese activado un pararrayos.” De las canciones de Bertold Brecht apunta que “daban la impresión de que todas provenían de alguna tradición oscura. Sus personales parecían llevar una pistola en el bolsillo trasero, una porra o un bate, y venían por ti en muletas y sillas de ruedas.” Y así sucesivamente.

De la tradición folklórica norteamericana de la cual abrevó dice: “yo había aterrizado ya en un universo paralelo en el que imperaban principios y valores más arcaicos, un universo de acciones y virtudes a la vieja usanza y en el que juzgar al prójimo estaba fuera de lugar, una cultura con mujeres forajidas, supermatones, adoradores del diablo y verdades evangélicas, calles y valles, ricas turberas, terratenientes y petroleros. (…) La música folk era una realidad que pertenecía a una dimensión más brillante. Me sentía como en casa en este mítico reino integrado no tanto por individuos como por arquetipos, arquetipos de humanidad vívidamente perfilados… Aquel espectro era más real, fidedigno que la propia vida: la magnificación de la vida.”

 

Letras de la historia

Terminé esta breve reseña hace unas semanas y fue la muerte de Leonard Cohen la que me impulsó a publicarla. Ahora hay que escribir algo sobre Cohen y eso es casi como una deuda porque su voz y su poesía también nos acompañaron a lo largo de muchos años. 

En cuanto al premio a Dylan comparto la decisión del Comité y me tomé el atrevimiento de cotejarlo con él del año anterior. Ambos fueron premiados no sólo por sus habilidades con la pluma, sino también por la empatía que manifestaron con las desventuras de su tiempo porque nadie escribe en el vacío. Somos seres históricos y la historia importa.

Alexiévich no gozó del favor del partido para publicar sus libros bajo el régimen comunista y de Dylan un crítico una vez dijo que era “un cruce entre monaguillo y beatnik… rompe todas las reglas de la composición, pero sin nada que decir.” Nadie la tiene fácil.

Svetlana subraya que “no escribe sobre la guerra, sino sobre el ser humano en la guerra” y Dylan comenta: “Compongo mis canciones para glorificar al hombre y no a su derrota, pero todas ellas juntas ni siquiera se acercan a mi visión total de la vida”.

¿Hay hoy alguien que no comparta estas atinadas apreciaciones?

NotaTodas las citas textuales provienen del libro de Svetlana Alexiévich “La guerra no tiene rostro de mujer” (2013) y de Crónicas Vol. 1 (2004) de Bob Dylan.

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