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La cocinera de Himmler

Ser empleada de un poderoso oficial nazi no fue tarea fácil para Rose, una mujer armenia perteneciente a una familia de tradición judía. La historia de una persona que fue testigo de las más aberrantes prácticas que se cometían en Europa en aquélla época. Una novela de Franz Olivier Giesbert, un especial de Nora Blok para B2000.

La cocinera de Himmler
Por Nora Blok para Realidad, ficción e imaginación de B2000

El escalofrío se inserta en la historia de vida de una mujer armenia, Rose, quien en sus ciento cinco años –desde los ocho- fue testigo de las más pérfidas abominaciones del Siglo XX. Con la lucidez de sus largos años, ventila con una escrupulosidad asombrosa los desafortunados episodios de su existencia.

Infortunios que, sin embargo, la muestran como una mujer inolvidable. Una supervivencia brutal en el marco del exterminio armenio realizado por el gobierno turco, la promoción de Hitler al poder, el holocausto judío, la Segunda Guerra Mundial y el maoísmo en China.

Marco que le hará dilucidar: ”El día de mi nacimiento, los tres personajes que iban a arrasar la humanidad ya estaban en este mundo: Hitler tenía dieciocho años, Stalin veintiocho y Mao, trece. Había caído en el siglo equivocado: el suyo.”

Datos de una época histórica, en los que tuvo que apelar a una fuerza inmutable para afrontar designios que, son difíciles de sobrellevar si en ellos no hay una postura firme. La sostiene un dogma particular: “Hasta mi último aliento, e incluso después, no creeré en nada salvo en las fuerzas del amor, de la risa y de la venganza”.

Crueles momentos que, no obstante, la muestran como una mujer inteligente, divertida, irónica y vengativa. Ama y odia con idéntica intensidad. Logra, en su juventud, tener su familia: un marido francés de origen judío (Gabriel Beaucaire) y dos hijos (Édouard y Garance).

Una tregua para Rose. Un dato de la realidad: la Redada del Velódromo de París de 1942 la deja en la más insana agonía de seguir siendo y dice: ”En las páginas que siguen evitaré hablar de mis hijos. Deben comprenderme: solo con escribir sus nombres en el papel, mi rostro se inunda de lágrimas y mi garganta estalla en sollozos”

Producto de la conducta abyecta de algunos hombres es violada y de este acto nace una niña a la que ignora. Más tarde se encuentra con su nieto en estado terminal y con la imposibilidad de conocer a esa hija fruto de la barbaridad.

Una travesía con trozos de felicidad y segmentos de humillación. De estos últimos elabora la lista de sus odios y con ella cae uno a uno bajo la venganza, que su mente y sus manos ordenan y ejecutan con distintas estrategias.

Su rol de cocinera le abre algunas posibilidades de conocer -en ese mundo donde prima la necedad humana- personas que ostentan el poder o un nombre de trascendencia y fama. Con algunos de ellos, una descripción sin miramientos tiene lugar y conocimiento.

Así aparece Himmler como uno de sus habituales comensales en su restaurante. Con él, entabla una relación que trasciende la amistad. Su móvil sigue escrito Y es función de él que no repara en los medios para lograr sus fines.

Un personaje de la historia real de aquellos tiempos. Como referencias extraliterarias en su haber consta como “figura destacada de la SS y la Gestapo llevó a cabo la matanza sistemática de millones de judíos, miles de gitanos, homosexuales y Testigos de Jehová”.

En la novela, aparece como una persona blanda e intrigante. Pero detrás de esa máscara el miedo asoma y Rose no es ajena a ello. Como mujer de carácter detecta lo que se dice y hace que su inteligencia produzca acciones que posean ese halo de docilidad adecuada no exenta de ironía.

No es el único personaje que hace que enfrente su sino obligado a desafiar circunstancias brutales. La construcción de Rose, como personaje, encarna el símbolo de todos los espantos y errores cometidos en el siglo pasado: la exterminación oscura de ciudadanos.

La intención del narrador es transparente: cien años de desgracia causada por líderes de regímenes totalitarios. Desde el poder, dieron lugar a proyectos megalomaníacos. Imposibles de olvidar. Y, en ellos, la mujer (en este caso Rose) en su travesía ahonda en la historia europea.

A pesar de tales atrocidades de las que fue testigo y víctima no deja de ser un alegato a la vida. Por aquello tan conocido de que si otro pudo por qué no intentar retar a un destino tan desparejo por el ejercicio despiadado del poder.

La pérdida de seres queridos y de libertades individuales duele y el tiempo auxilia; pero no derrite la memoria. Y el silencio -en un tiempo- busca el espacio y el momento para atestiguar y dar a conocer la ausencia de capitular.

Capítulos cortos que, según los críticos, puede situarse entre el género negro y el histórico. Amena lectura de un diario personal. Vehemente en el sexo. Una característica esencial que influye, también, en las medidas que arrebata a su destino para doblarse; pero no quebrarse.

Una epopeya es la existencia de Rose unida a reflexiones penetrantes proporcionada por un narrador que coloca en la voz de su protagonista que no se pueden soslayar. El  testimonio confirma la necesidad de que sea como sea la alegría de vivir debe perdurar.

A ningún lector esta novela lo abandona. La perplejidad de los acontecimientos unidos a la personalidad resistente y dura de su protagonista lo conmina a pensar y a asimilar ambas cuestiones. Motores resistentes avivan su historia estremecida, delicada, llena de intimidaciones y venganzas. Todo puede suceder. De nada se priva y la intensidad se apodera de cada acto que realice.

Franz Olivier Giesbert (norteamericano) es una de las grandes figuras del actual panorama cultural francés (como lo indica la solapa de esta, su última novela). Es –también-escritor de ensayos de fuerte impacto sobre políticos como Jacques Chiriac,  F.Mitterrand y Nicolás Sarkozy.

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