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La certeza ineludible

El columnista Hans Schulz escribe un artículo en el marco del Día del Respeto a la Diversidad Cultural y repasa la historia de la invasión en la Patagonia.

“La certeza ineludible”
12 de octubre 2016
Por Hans Schulz para B2000
 

“La conquista no llegó a poseer América. Incluso hoy en día, hay algo de inacabado en aquellos lugares por donde pasó” (P. Chaunu, 1973)


I
Los jesuitas

Los cuatro libros de Florian Pauke: “Hacia allá y para acá. Una estadía entre los indios Mocovíes, 1749-1767”, editados por la Universidad Nacional de Tucumán en 1944 y traducidos por Edmundo Wernicke, ya estaban en casa cuando yo nací. De chico, en las largas tardes de otoño  o invierno solía hojearlos para admirar sus ilustraciones que parecían hechas para chicos. Están las que describen la naturaleza, es decir, las aves, los animales y las plantas del nuevo mundo y las otras que muestran la vida de los nativos en su escenario natural, como las cacerías, los rituales, los cruces de los ríos y la recolección de frutos. Una de las láminas, la que muestra la misión durante la fiesta de homenaje al rey español con sus cientos de jinetes portando lanzas y banderas impacta por su colorido y movimiento. Tiene un aire de tapiz medieval. Tardé muchos años en tomar conciencia de que esos escenarios mostraban el pasado de mi  propio país, ya que de acuerdo al lugar en que nací y la inconmensurable dimensión del mismo, me parecía que describían la vida en algún otro lugar del mundo y en ello radicaba la fascinación que me provocaban.

En los años en que se publicó el libro en el país, Enrique Palavecino todavía mencionaba en el prólogo que quedaban algunos pocos sobrevivientes del núcleo original de la misión de San Javier y que los que habían emigrado a Corrientes se habían extinguido. La historia, como siempre sucede, se devoró una cultura y muchos de los descendientes de los nativos de aquel entonces viven hoy empobrecidos en el campo o en los márgenes de las ciudades, asimilados dentro de esa otra cultura que en su afán progresista les había prometido elevarlos a una vida moderna de mayor felicidad. No fue así.

II
La ciencia positiva

La Republica, recorte geográfico de los vastos territorios coloniales, nació en otro siglo, un siglo que gradual e inexorablemente se ubicó bajo la  sombra de la razón y la ciencia. No hubo vuelta atrás y la razón que proclamó la república también anunciaría la teoría de la evolución de las culturas, cuyos máximos exponentes serían los  exploradores y científicos del siglo XIX y del temprano siglo XX, entre los cuales se encontraban el naturalista Darwin, los antropólogos Morgan y Taylor, el economista Marx y el psicoanalista Freud. Todos abrevaron en las fuentes de la incipiente etnografía colonial y utilizaron sus conclusiones en sus nuevas teorías, confirmando el paso de lo salvaje a lo civilizado. Hijos de su tiempo interpretaron las evidencias de lo que en aquellos años se llamó, “el estrato inferior de la humanidad” para exponer sus verdades en  nuevas teorías sociales, políticas, económicas y psicológicas.

También en nuestras tierras viajeros como Francisco P. Moreno, contemporáneo de los exploradores y científicos de los cuales estamos hablando, reflejaron la mirada de la época, desde la exaltación de la propia cultura hasta el énfasis desmedido en el análisis antropomórfico de los hombres diferentes, para poder así fundamentar, en base a un claro determinismo biológico, la superioridad de los unos sobre los otros.  Preso de su época y concluido el despojo de los nativos, el museo de Moreno se transformó en una cárcel y un refugio de antiguos amigos, un lugar de encuentro obligado de las culturas, en donde algunos trabajaban y relevaban y otros agonizaban y se morían. Mientras los huesos de los investigadores fueron a los cementerios y los de Moreno a una isla, los restos de sus invitados pasaron a engrosar las colecciones de las vitrinas. Los lamentos de los sabios sobre el destino corrido por los habitantes originarios de nuestras tierras nunca traspasaron los límites del decoro que la clase académica de la que formaban parte permitía.

Moreno, el testigo del final de una era, imitó así a los antropólogos clásicos, que registraron el ocaso de los pueblos, cándidamente resignados. 

Repetir conceptos como “la guarida de sus padres”, “turba de vándalos”, ”territorio de beduinos” o “chusma salvaje”, que utiliza con su florido lenguaje barroco el estanciero escritor Estanislao S. Zeballos, un contemporáneo de Moreno, posiblemente explique el círculo vicioso de realidad y representación en que estaba envuelta la mayoría de la gente en aquellos años. Se trataba de una verdadera profecía que no dejaba nunca de cumplirse. “El regreso del Malón” del pintor ángel Della Valle, de 1892, interpreta en términos visuales lo escrito por Zaballos. La turba que regresa del saqueo trae una cautiva blanca junto a innumerables objetos entre los cuales se destaca una cruz que significativamente lleva en sus manos uno de los jinetes que más se destacan en el cuadro. Un siglo más en la evolución de la ciencia y  el  cuadro multifacético de las misiones jesuíticas que nos describe Pauke, se ha transformado en el discurso tendencioso y unilateral de los que pretenden la última porción de tierra disponible.

III
Los zoológicos humanos

En 1879, mientras que sus familiares lidiaban con el imparable flujo de europeos que llegaban a sus tierras, el Selknam Pitioche y su familia, pudieron viajar a Europa. Lo hicieron a instancias del empresario circense alemán Hagenbeck y conocieron así las tierras de las cuales venían los exploradores, balleneros, comerciantes y misioneros que con los años les traerían sólo desgracias. En contraprestación los nativos viajeros retribuyeron la hospitalidad del empresario exponiendo algunos de los bienes de interés histórico-cultural de su propia cultura junto a ellos mismos. Para que esto se haga con cierta armonía con el entorno natural del cual procedían fueron expuestos en los zoológicos de Hamburgo y Dresde como exponentes de una tribu exótica y salvaje de los confines del mundo. Los “civilizados” que los observaban con deleite y perplejidad confirmarían seguramente la pretendida superioridad de su propia cultura, algo que la cruel exposición, el lugar elegido para hacerlo y las circunstancias que rodeaban el viaje que los traía a Alemania,  ponían ciertamente en duda.  El contexto general de todos aquellos avatares que tuvieron a mal traer a estos y a otros nativos de todo el mundo que fueron expuestos en tierras europeas por agentes inescrupulosos, se puede encontrar con todo detalle en el libro “Zoológicos humanos”, de Christian Báez y Peter Mason. 

Cuando las generaciones posteriores hablan de procesos inevitables es porque cosecharon los frutos de esa aparente inevitabilidad. Los que no las cosecharon se hundieron en el olvido junto con lo mucho que tenían. Una vez concluida la conquista en los confines geográficos de las nuevas repúblicas, la economía capitalista completó su labor y  erosionó rápidamente la economía nativa. Lo que comenzó con las violentas entradas de los conquistadores, que provistos de requerimientos reales con fundamento divino creaban con sus adquiridas encomiendas y haciendas un nuevo orden jurídico, continuó, siglos después, con las arremetidas de los ejércitos nacionales y finalmente con  la colonización y pacificación, es decir con la definitiva implantación de las nuevas leyes sobre la gente de la tierra y todo el territorio. En Patagonia, el camino recorrido por los nativos de los confines desde la libertad hacia la nada lleva al Valle del Zurdo, al de las Vizcachas, al del Coyle a otros campos de caza finales: Camushu Aike, Lago Cardiel, Rio Pinturas, meseta del Guel Guel. Corridos por la oveja y el alambrado sufrirían el desarraigo definitivo en su propia tierra.

IV

Si el triángulo que conforma la Patagonia fue por milenios la última opción de los fugitivos que llegaban del norte, el “país del diablo” de Musters fue para los  fugitivos que ahora huían junto a pumas, guanacos, zorros y choiques, el último refugio seguro frente a los recién llegados. El registro fotográfico de los integrantes de la familia Vera  posando frente a su precaria vivienda, mezcla de toldo y rancho de adobe en el cañadón El Pluma en el norte de la provincia de Santa Cruz, junto a las que muestran al Tehuelche Copacho en una publicidad de Ginebra Bols, son tal vez unas de las mejores imágenes del naufragio final. El libro de la antropóloga Ana M. Aguerre, “Las vidas de Pati en la toldería Tehuelche del Río Pinturas y el después”, incluye también otras fotos de la misma familia, y cuenta, a través de los testimonios orales de los habitantes de la cuenca, la historia de los arrinconamientos finales y la lenta incorporación de los sobrevivientes a la nueva economía de pueblos y estancias en pleno siglo XX.

Mientras que en el sur los nativos se perdían entre el paisanaje de las estancias, medraban sobre las áridas tierras de míseras reservas y morían en los asilos de ancianos de perdidos caseríos, en el norte se amontonaban en los bordes del cinturón agrario de la pampa gringa e ingresaban a trabajar en los obrajes madereros e ingenios azucareros. Como evidencia sólo basta con hojear la concisa colección de postales fotográficas argentinas del siglo XX que agrupó en su libro el investigador Carlos Masotta y leer lo que ha escrito como introducción bajo el título de “como fotografiar un indio” y “la cautiva”. Muchas de las fotos fueron tomadas en Jujuy o en Salta durante la cosecha de la caña de azúcar,  en el cruce de los caminos de  ambas economías en los años que van de 1900 a 1940. Son registros de  “indios salvajes” que habitan entre la maquinaria intrusiva de la economía capitalista. Vestigios de lo primigenio, sin indicios de la tragedia que los rodeaba.  Allí, en su papel servil de mano de obra estacional, los indígenas se mostraban dóciles y las mujeres, como contraprestación de dinero o de algún regalo, hasta mostraban su cuerpo en total desnudez. “Cuerpos disponibles” los llama el autor y concluye que “es posible caracterizar el proceso de la fotografía comercial de indios, entre 1900 y 1940, como el pasaje “del robo del alma” a su “venta””. Son postales de la desnutrición, la enfermedad y el despojo.

V

Así como el afán civilizador de corte europeo que impregna toda nuestra cultura permitió la existencia de las escuelas de las comunidades que llegaron del otro lado del mar como la de mis abuelos, también suprimió sistemáticamente la continuidad cultural de las culturas milenarias originarias. Los “verdaderos civilizados”, los que no vinieron con las armas, es decir los políticos, los estadistas y los maestros, se negaron en aquellos años a enriquecer nuestra cultura con la diversidad existente y con obsecuencia se dedicaron a integrar a todos en una sola y única cultura de raíces europeas de matriz “blanca”.  En pequeñas escuelas rurales de todo el país se repitió la misma escena.  Un idioma y una nueva y única mitología laica reemplazaron a todas las demás y en el camino quedaron las otras que se recluyeron al ámbito privado de algunos pocos hogares. Despreciada la lengua y desechada la cultura el precepto de la evolución inevitable de las culturas completó la tarea y  los originarios quedaron solos en el camino, huérfanos en la noche de su universo ancestral. La diversidad era cuna de desgracias y fue deliberadamente suprimida. La economía exigía y la ideología justificaba.

Ante tanto pillaje no podemos dejar de citar al sociólogo Eduardo Fidanza cuando escribe que “la deuda de Dios con los inocentes es un misterio, la que tenemos nosotros con ellos es una certeza ineludible”.

Créditos / Fotografías de: Habitantes Yamana en los canales fueguinos, 1882.

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