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En la cuerda floja

Hans Schulz escibe una reflexión sobre lo sucedido en una discoteca de Bariloche y recuerda la historia de los nazis en Argentina y precisamente en Bariloche.

En la cuerda floja
Provocación nazi en la discoteca
Una reflexión
Por Hans Schulz para B2000
 

Lo que ocurrió

En Bariloche el martes 23 de agosto un grupo de chicos en viaje de egresados, alumnos de un colegio alemán de Lanús, provincia de Buenos Aires, asistió a una fiesta en una discoteca disfrazado con esvásticas y un bigote estilo Hitler. En la discoteca había alumnos de la escuela ORT, un colegio al que asiste un importante número de alumnos de la comunidad judía, quienes confrontaron a los disfrazados. Al día siguiente la situación tomó estado público y las entidades educativas y organizaciones gubernamentales correspondientes se posicionaron rápidamente ante el hecho. Podemos destacar que todos los protocolos del sector turístico en cuanto a políticas de discriminación se refiere funcionaron a la perfección. Según información periodística reciente las autoridades del colegio junto a directivos del Museo del Holocausto en Buenos Aires están implementando un proyecto de reparación por parte de los alumnos del colegio alemán. Mientras tanto el intendente de Bariloche, Ingeniero Gustavo Genusso, se encuentra reunido con las autoridades de la Delegación de Asociaciones Israelitas Argentinas (DAIA), una organización a la que están adheridas 140 instituciones judías de Argentina, para tratar el tema. Por otra parte el Instituto Nacional contra la Discriminación y la Xenofobia (INADI) decidió actuar de oficio librando un requerimiento a la empresa operadora del viaje de egresados para que identifique a las personas que fueron protagonistas en los hechos para que puedan ser citadas por el Instituto en el marco de ley Antidiscriminatoria 23.592.

Aparte de su carácter fuertemente antisemita y perteneciendo los alumnos a una institución educativa de la comunidad de habla alemana  la provocación no deja de tener raíces históricas en el país. 

Un contexto frágil

Lo que siempre está en discusión es la interpretación y el significado de las cosas, es decir qué significa un acontecimiento para unos y que significa para otros; Qué sentido tiene para las víctimas, cual para los victimarios y cual otro para la ciudadanía en general; Qué significa un símbolo para un pueblo y que significa para otro. Que representa un tatuaje, una bandera, un distintivo, una insignia o una palabra. No hay nada que no esté cargado de sentido histórico y nada ni nadie es totalmente inocente.

Es por ello que nos podemos preguntar: En la acción ¿Hubo una intención, un propósito, un intento de provocación? ¿Qué responsabilidad histórica conlleva ser alumno de un colegio alemán en la Argentina? ¿Qué responsabilidad nos cabe a nosotros, habitantes de Bariloche, en este tema que nos acecha en forma tan recurrente?  ¿Qué responsabilidades tenemos los educadores? ¿Y cuáles son las de los que estuvimos más cerca del horror?

Podemos discrepar en las respuestas pero en mi opinión y más allá de la pretendida indiferencia, Bariloche debe prestar atención a estos hechos, porque con respecto a ellos y al igual que la Argentina, en un sentido más amplio, es un sitio con connotaciones.

Las connotaciones

Alentados por un contexto nacionalista favorable, a partir de la década del 30 del siglo pasado, Latinoamérica fue un espacio donde los Nazis actuaron. En cuanto a las comunidades de habla alemana de aquellos años los investigadores hablan de una población de más de un millón de ellos viviendo en América del Sur, entre ellos mis padres, tíos/as y abuelos/as. Argentina contaba con 300 mil.   

Dicen los que recuerdan que ya en 1931 la comunidad de habla alemana de Buenos Aires fue invitada a participar en mítines políticos Nazis sobre barcos alemanes que visitaban el puerto. La “comunidad del pueblo” de una sola sangre ya estaba en acción. En abril de 1931 se fundó en el país el capítulo local de la Organización de Alemanes en el exterior, la AO, que comenzó con 59 miembros. Según algunos fue la primera vez que la esvástica ondeó en tierras argentinas. Al igual que para los aliados, junto a los cuales finalmente pelearon los brasileros a partir de 1942, Brasil tenía una importancia económica mayor. Y fue allí donde el temor a una secesión de las tierras del sur hizo que el gobierno tomara tempranamente medidas en contra de la fuerte politización de las comunidades alemanas para integrarlas al nuevo país, algo que ocurrió luego del levantamiento Integralista en mayo de 1938. Refiriéndose puntualmente a la anexión de los Sudetes el investigador Alton Frye escribió que  “Con el régimen de Vargas, en Brasil, Alemania pudo probar en la lejana Sud América algo de su propia medicina”. En Argentina el “Día de la Unidad”, celebrado a toda pompa en el Luna Park el 10 de abril de 1938 también despertó a muchas conciencias republicanas de su enajenado letargo. Por otro lado, un decreto de mayo de 1938, estableció que en las “escuelas extranjeras” durante la enseñanza de la lengua debían impartirse nociones de geografía e historia argentinas  mientras prohibía la propaganda de “ideologías políticas o raciales” que pudieran fomentar en los alumnos “hábitos o creencias contrarias a los principios esenciales y a los preceptos de la Constitución y leyes del país”.   

Las declaraciones del Octavo Congreso Panamericano de Lima, Perú, en diciembre de 1938, también advertían sobre las actividades de las organizaciones comunitarias europeas locales en contra de las soberanías nacionales. Si bien las declaraciones eran amplias todos sabían a quiénes estaban dirigidas. 

Pero al país vecino y al Congreso de Lima sólo los mencionamos porque fueron un antecedente inmediato a las medidas que luego tomaría el presidente Ortiz en el año 1939. En realidad, ya a comienzos de ese año con el alerta de un supuesto plan de secesión de la Patagonia alentado por los Nazis locales los acontecimientos se precipitaron. La Embajada alemana y el grupo local del partido Nazi se desvincularon del tema pero la suerte ya estaba echada. Más aún cuando se filtró la información de que el 10 de enero de 1939 la Embajada Alemana de Buenos Aires le envió al Ministerio del Exterior (AA) un informe titulado “La cuestión Judía en Argentina”. El mismo no sólo detallaba cifras de inmigración sino también las actividades de la comunidad judía y sus lugares de referencia. En el informe, el embajador Von Thermann comentaba que la actitud de la iglesia católica frente a la comunidad judía era “benevolentemente neutral”.  Si bien las embajadas siempre realizan prospecciones sobre la sociedad y la cultura de los países en las que actúan, este informe en particular sobrepasó lo aceptable, más aun viniendo de un régimen que abiertamente proclamaba la persecución racial y  religiosa del pueblo judío. ¿Estaban los Nazis extendiendo el alcance del futuro genocidio a nuestro país?

Para ese entonces Alemania ya había invadido lo que quedaba de Checoslovaquia y en Latinoamérica se comenzaba a temer que grupos locales de la comunidad funcionaran como caballos de Troya en la conflagración global que se avecinaba. El embajador argentino en Berlín ya había advertido que las asociaciones de los inmigrantes en el país ya no eran lo que una vez habían sido ya que ahora el partido era el Estado y el Estado el partido.  El 5 de abril de 1939 el gobierno allanó las oficinas del brazo local del partido Nazi junto a las oficinas de otras organizaciones alemanas del país. Luego lo prohibió. La situación también se extendió a los colegios alemanes que a partir de 1933 habían adoptado las políticas del régimen Nazi como propias, incluyendo el saludo con la mano en alto y  la doctrina política y racial del régimen en sus materiales de estudio. El gobierno también comenzó a sospechar que muchos jóvenes argentinos de doble nacionalidad estaban realizando el servicio militar en Alemania, entre ellos mi propio padre. Las gotas estaban colmando el vaso. Las comunidades alemanas no se estaban integrando al país. El 15 de mayo de 1939 el presidente Ortiz lanzó un decreto similar al del presidente Vargas en el que prohibía el capítulo local del partido Nazi junto al uso de símbolos políticos extranjeros en todas las escuelas alemanas del país. El juego había concluido. Los controles y prohibiciones se completarían luego con los informes publicados en 1941 por la Comisión Investigadora de Actividades Anti-argentinas (CAAA) que, integrada por siete diputados de diferentes partidos y bajo la presidencia de Raúl Damonte Taborda, investigó a las organizaciones e individuos “cuyas ideologías y métodos sean contrarios a las instituciones republicanas y dirigidas contra nuestra soberanía”. Cuando en 1941 se publican los informes de la CAAA ya estaba en curso la guerra global.

Una vez finalizada la Guerra y bajo la protección del primer peronismo (1946-1955) una cantidad importante de criminales nazis buscó refugio en la Argentina. Entre  los prominentes estaban Ante Pavelic,  líder máximo del estado títere Nazi de Croacia durante la guerra y el SS Adolf Eichmann, uno de los implementadores y cerebros de la ‘Solución Final”. Los adoctrinamientos ideológicos de la década del 30 y  esta inmigración, incorporada activamente a las comunidades de habla alemana del país, no ayudó a la construcción de una memoria responsable en su interior.

En 1945, cuando finalizó la II Guerra Mundial, las escuelas alemanas de la Argentina fueron clausuradas, exceptuando la Pestalozzi y la Cangallo Schule cuyas filosofías nunca se adscribieron a las del régimen nazi.  Recién en 1953, cuando el mundo ya era otro mundo, las escuelas  alemanas volvieron a abrir sus puertas, exceptuando la Pestalozzi y la Cangallo, que nunca las habían cerrado.

Las escuelas

A partir de 1933 y con Hitler en el poder fue difícil para las instituciones alemanas de Argentina permanecer al margen. Sólo una minoría antinazi resistió dando origen al mito de las dos aldeas.

Cuando en diciembre de aquel año el flamante embajador Edmund Von Thermann, vestido de uniforme de la SS, se presentó en la actual escuela Goethe, nave insignia de las comunidades de Buenos Aires, nadie de los presentes tuvo la menor duda de que la historia finalmente los había alcanzado. A través de la Embajada comenzó entonces el proceso de “Gleichschaltung”, es decir la igualación o nivelación de todas las organizaciones culturales, sociales, deportivas y religiosas de la colectividad con la filosofía racial del régimen. Podríamos indicar que en los años siguientes no hubo grandes sobresaltos, pero a medida que en Europa crecía el poder de los Nazis las cosas fueron cambiando. A partir de 1938 el gobierno comenzó a tomar cartas en el asunto y las escuelas alemanas comenzaron a ser supervisadas con más esmero.

El investigador Germán Claus Friedmann en su ensayo “Alemanes antinazis y política argentina. La conformación de una identidad colectiva” escribe sobre el cuarto informe de la Comisión publicado en diciembre de 1941 y dedicado íntegramente al análisis del sistema de enseñanza de las escuelas alemanas en la Argentina. Señala que el informe describe que éstas estaban subordinadas al Reich y que se regían por normas extrañas a las leyes argentinas, presentando “la casi absoluta exclusión, intencionada y calculada; de una educación nacionalista, para dar primacía a asuntos que exalten a personajes del nazismo”. “La Comisión recalcaba que mientras el 80 % de los alumnos de las ocho escuelas germano-parlantes de Buenos Aires habían nacido en la Argentina, la mayoría de los maestros eran alemanes, seleccionados por el Ministerio de Educación del Reich que, además de controlar el funcionamiento de las escuelas en el exterior, habría perseguido la doble tarea de “conservar y reforzar en los alumnos descendientes de alemanes, la simpatía a la patria de sus antepasados y a los no alemanes orientarlos en el conocimiento y valoración del germanismo”. Según el informe, las pruebas acumuladas demostraban que gran parte de las escuelas particulares alemanas que funcionaban en la Capital Federal “están sometidas al régimen imperante en Alemania y dependen de la representación diplomática del gobierno de Berlín”, así como sus directivos y docentes “por su condición de militantes activos del nazismo en el país, o por haber acreditado e inspirado confianza a los dirigentes de las organizaciones nacionalsocialistas, ejercen misiones ajenas a la docencia”. Señalaba también, que los libros de texto y los diversos materiales de enseñanza utilizados en estos establecimientos eran editados en Alemania y estaban plagados de “verdaderos alegatos políticos escritos para inculcar en la mente de los niños las pretensiones del Partido Nacionalsocialista y del estado alemán”. Además, como la instrucción impartida habría resultado incompatible con “los propósitos nacionalistas” perseguidos por el Estado argentino. Los informes referidos a los territorios nacionales son reveladores no sólo de las actividades de las escuelas alemanas, sino y sobre todo de la percepción, por parte de algunos funcionarios, de que aquéllas habrían estado ocupando un espacio que, en su opinión, correspondería al Estado nacional. Del mismo modo, encargaba la urgente realización “en las regiones más apartadas de nuestra patria”, de un plan sistemático de construcción de escuelas públicas “dotadas de todos sus elementos y en número suficiente para atender las necesidades de la población infantil” que sirviera “a la defensa del patrimonio moral, intelectual y físico de la argentinidad...”

Algunos documentales de época que se encuentran disponibles en la red pintan un cuadro aún más sombrío sobre la actividad Nazi en las comunidades de habla alemana y sus escuelas a lo largo y ancho de todo el país. Vale la pena buscarlos para comprender la escala que habían adquirido las operaciones políticas en nuestro territorio. 

Las escuelas alemanas se clausuraron en 1945 cuando la vieja Alemania dejó de existir. A partir de 1953 la Argentina vio crecer una nueva red de escuelas alemanas, diferente en su filosofía y en estrecha vinculación con Alemania Occidental. No hubo muchos casos públicos escandalosos exceptuando al de Erich Priebke en Bariloche en 1994. 

Lo de este martes vuelve a preocupar, porque ante los hechos de público conocimiento pareciera que seguimos caminando en una cuerda floja. 

En la cuerda floja

Todos sabemos que cuando hablamos de raíces históricas de un problema hay mucha tela para cortar.
Cuando hablamos de Nazismo o de sus fantasmas Bariloche parece vivir presa de una maldición. Una vez finalizada la Guerra y a partir de los genocidas Nazis llegados a la Argentina y a Bariloche desde la Europa criminal, el tema se instaló. El paisaje cuasi alpino ayudó a generar un imaginario de un lugar lleno de viejos jerarcas que envejecían escondidos y a la sombra de añosos pinares.    En parte era cierto, pero los jerarcas patibularios estaban en muchos lados de la Argentina.  En 1994 nos volvió a estremecer el caso Priebke con sus complejas ramificaciones. Fue un acontecimiento que despertó viejas aprensiones y sospechas sobre cabos sueltos y tareas pendientes en el interior de la comunidad de habla alemana de Bariloche y de la Argentina en general.

En sintonía con este escenario están los autores conspirativos locales, oportunistas que en sus obras evocan a los más siniestros delincuentes como se convoca al demonio. En el foco de esa particular literatura están los personajes pero no sus horrendos crímenes que quedan ocultos en el entramado que la fascinación por el poder y los fetiches provocan sobre los faltos de empatía.
Lo que asomó en la discoteca vino de afuera, como los nazis. No fueron estudiantes de un colegio local. Pero sucedió en Bariloche. 

¿Por qué Bariloche?

Hace décadas estamos caminando sobre la cuerda floja porque el pretendido imaginario de la identidad centro-europea de algunos ha diluido  la historia conservando sólo el idilio,  el romance soberbiamente adaptado a los negocios y a la postal del turismo que ha dejado de lado el horror.

Como dije al principio, debemos prestar atención a estos hechos, porque con respecto a ellos, Bariloche es una ciudad  con connotaciones.

Créditos / Fotografías de: “Día de la Unidad”, Luna Park, Buenos Aires, Argentina, 10 de abril 1938.

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