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En una nueva entrega de Realidad, Ficción e Imaginación de Nora Blok de Pecchia, especial para B2000, una introducción a la versión completa del Diario de Ana Frank, un testimonio conmovedor y necesario que un 20 de junio de 1942 comenzó a escribirse para plasmar los pensamientos de una niña de 13 años.
Annelies Frank, conocida en español como Ana Frank, (1929- 1945) fue una de las tantas víctimas del holocausto que dañara al mundo. Escribió su “Diario” entre 1942 y 1944, en fechas discontinuas que -por diferentes motivos- la obligaban a abandonar su producción escrita.
En sus primeras anotaciones, nos vamos enterando cómo se siente una niña de trece años, con una hermana de dieciséis y unos padres con quienes tiene diferentes grado de comunicación: más clara, más íntima, más comprensible con uno y, con el otro, en constante conflicto. Doce compañeras de colegio y algunas decepciones y su gato, Moortje (en neerlandés “Morito” o “Morenito”).
Sin embargo, muchas generaciones hemos conocido una versión abreviada, dado que en 1947 -cuando se publicó por primera vez- la Literatura no consentía, por ese entonces, que apareciera el tratamiento de temas sexuales en las obras y su padre tampoco quiso que emergieran las referencias desagradables a la madre y a otros integrantes de la “casa de atrás". Razones válidas pues Ana tenía trece años cuando lo comenzó a escribir y no cedió ante las simpatías, antipatías y enconos que le provocaban sus habituales convivientes.
Es justo señalar que las supresiones que se realizaron en las anteriores versiones obedecieron a cuestiones de época y afectivas; pero que al leerlas hoy no son más que pinceladas de las inquietudes de una niña, cautiva y sin mayores posibilidades de interactuar con sus pares.
El formato “diario” contiene una serie de cartas que, en un momento, tuvieron como única destinataria a Kitty (un nombre de fantasía) como interlocutora necesaria. Cierto día escuchó el discurso del Ministro de Educación holandés, quien alentaba la producción de testimonios variados para hacer conocer al mundo cómo se sintieron y qué sufrimientos debieron soportar durante la ocupación alemana.
Ese fue el surgimiento de la motivación para tomar su diario como base y decidir la publicación de su primer libro después de la guerra; pero no abandonó su diario: corrigió, reelaboró, añadió datos y pasó en limpio con la esperanza de hacerlo conocer, algún día. Enuncia que (…) “20 de junio de 1942, fecha en que estreno mi diario con toda solemnidad”.
En1963, el padre y su segunda esposa crean el “Fondo Ana Frank”, en Basilea (Suiza) una organización de beneficencia. Esta última versión que se presenta data de 2010. La Fundación como herederos universales de Otto Frank y, en consecuencia, de los derechos de autor de su hija publica esta última y completa versión, sobre la base de los textos disponibles, en una reproducción lo más fiel posible del estilo personal y espontáneo de una autora que, alguna vez, soñó con ser periodista y escritora.
Oculta con su familia y otras cuatro personas más en lo que ella denominó “La casa de atrás” (en neerlandés Het achterhius), su vida transcurrió desde los doce a los quince años en ese sitio. Una casa que abrió sus puertas el 3 de mayo de 1960 y que se hallaba disimulada tras el almacén Opekta (una fábrica de mermeladas) y sus oficinas. Una iglesia cercana, muy hermosa, con sus campanadas no le hacía sino recordar la hora y, de ese modo, acompañarla.
Es hoy un lugar sin amueblar para que sus visitantes puedan recorrerla sin obstáculos; pero conserva algunas huellas de sus antiguos inquilinos: las fotos de artistas de cine pegadas en la pared por Ana, un trozo de papel pintado en el que Otto Frank marcaba la altura de sus hijas mientras crecían y un mapa en la pared sobre el cual registró el avance de los aliados protegido -en la actualidad- por una lámina de plexi glas.

Ubicada siempre en el edificio Prinsengracht 263 de Holanda, se llegaba a la “casa de atrás” subiendo unas escaleras de madera, un cuarto para Ana y Margot y otro para sus padres, una cocina, un altillo y un orinal completan las instalaciones Para higienizarse bajaban al despacho por turnos los fines de semana y, también allí oían radio para informarse del avance de la guerra.
Debieron cubrir con papeles las ventanas para no ser vistos y durante el día realizar tareas que no produjeran ruido alguno. . La puerta de acceso contenía una estantería giratoria (que aún existe) que se abre como una puerta para despistar a los alemanes, idea del señor Kugler y fabricada por el señor Voskuijl.
Los otros “refugiados” llegaron el 13 de julio: un matrimonio y su hijo Peter. Más tarde lo hará un médico, Albert Dussel, quien deberá compartir el cuarto con Ana. En total ocho personas. A pesar del número, de los límites espaciales y de las restricciones de la época lograron una convivencia no tan difícil, con sus altas y bajas.
Una adolescente inquieta, conversadora y estudiosa de los temas que le importaban no dejaba de luchar por sus derechos; pero no le escapaba a sus obligaciones cotidianas.
También se nos muestra como una adolescente agradecida cuando, por ejemplo, escribe:”En Holanda hay muchas organizaciones clandestinas (…) dan dinero a personas escondidas, preparan lugares para usar como escondite o dan trabajo a los jóvenes cristianos, y es admirable la labor noble y abnegada que realizan estas personas que, a riesgo de sus propias vidas ayudan y salvan a otros.
El mejor ejemplo de ello son nuestros propios protectores” (…) Esto es algo que nunca debemos olvidar: mientras otros muestran su heroísmo en la guerra o frente a los alemanes, nuestros protectores lo hacen con su buen ánimo y el cariño que nos demuestran”.
Ana siempre mantuvo los verdaderos nombres de los habitantes de “la casa de atrás” a resguardo; pero su padre (único sobreviviente) y una vez instalado con sus hermanos en Basilea interpretó que debían conocerse sus verdaderas identidades puesto que mucho más que el horror debían las generaciones verdaderas conocer quiénes eran en la realidad y cómo fueron sus días posteriores al 4 de agosto de 1944.
Una historia singular a través de las páginas de un diario íntimo; pero que en sí misma encierra la vida de otros tantos que fueron seleccionados o capturados para una muerte inmediata porque tuvo lugar la delación o la intolerancia.
En mayo de 1945, una epidemia de tifus se propagó por todo el campo de concentración. La fría estadística señala que se estima que terminó con la vida de 17.000 judíos. El único sobreviviente fue Otto Frank, su padre. Ana murió dos días antes de ser liberada.
Se cierra la última página del libro y la pena continúa. El contexto es abrumador. La vida de ellos precaria y de cuidado y eso es lo que se narra. Conmueve que aún no hemos aprendido de los horrores a los que la vida nos enfrenta y cómo evitarlos.

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